El consumo de benzodiacepinas en mujeres no puede entenderse solo desde una perspectiva biológica, sino como un fenómeno profundamente social y de género. Las mujeres suelen acudir más a los servicios de salud expresando malestar emocional derivado de la doble carga laboral, las presiones del cuidado familiar y la precariedad económica.
Ante esto, el sistema sanitario tiende a solucionar estos problemas estructurales mediante la medicalización, recetando psicofármacos para adormecer el síntoma en lugar de abordar la raíz del estrés, lo que facilita el desarrollo de una dependencia a largo plazo.
Esta situación se agrava debido a la invisibilidad y el estigma que rodea a esta adicción. A diferencia de otras sustancias, el consumo de benzodiacepinas en mujeres suele ser una adicción silenciosa y recetada, que se vive en el ámbito privado del hogar. Muchas mujeres no perciben el riesgo de adicción hasta que la tolerancia y la dependencia física están instauradas, convirtiendo lo que comenzó como un alivio para el insomnio o la ansiedad en una herramienta de control emocional de la que es muy difícil prescindir.