En niños y adolescentes, algunos signos comunes incluyen una irritabilidad marcada cuando se interrumpe el juego, baja notable en el rendimiento escolar, tendencia al aislamiento y cambios en los patrones de sueño, como quedarse despiertos hasta altas horas jugando.
En adultos, puede notarse desorganización en el trabajo, discusiones frecuentes en casa o con la pareja, e incluso una pérdida de interés por actividades que antes eran disfrutadas.
Sin importar la edad, hay indicadores que suelen repetirse: sentir que no se puede dejar de jugar, mentir sobre cuánto tiempo se pasa frente a la pantalla o usar los videojuegos como una vía para evitar emociones difíciles.