Cuando la adicción afecta a la relación de pareja o al entorno familiar, el dolor suele ser compartido. La desconfianza, la frustración o el sentimiento de traición pueden marcar el día a día.
Por eso, incluir a la pareja o a la familia en el proceso terapéutico no solo favorece la recuperación individual, sino también la oportunidad de sanar vínculos, reconstruir la confianza y crear nuevas formas de comunicación más seguras y empáticas.
Durante la terapia familiar, trabajamos juntos para identificar patrones relacionales, roles tácitos y emociones como la culpa o el resentimiento que pueden estar sosteniendo el ciclo disfuncional.
Este acompañamiento no solo evita el aislamiento, sino que también valida el esfuerzo de cambio de todos los involucrados. Involucrar a la familia convierte el proceso en un camino compartido, donde cada paso ofrece la posibilidad de reparar y fortalecer los lazos afectivos.